
Subieron las escaleras hasta el desván. Aquí arriba el viento llamaba con furia a las ventanas, y los dos hombres tuvieron que revisarlas una a una para asegurarse de que no se abrirían dándoles un susto de muerte. La luz parpadeó varias veces, pero finalmente el desván quedó iluminado.
—Espero que haya valido la pena el haberme separado del calor del fuego —Ernest miró escéptico el desorden que componían viejas maletas, estanterías llenas de útiles varios, muebles parcialmente disfrazados con sábanas e incontables libros, que parecían observarlo desde todas las esquinas.
Vincent se acercó a una estantería, empujó hacia un lado lo que en mejores tiempos había sido una probeta, y de inmediato se escuchó ponerse en marcha un mecanismo detrás de la pared. La estantería dejó al descubierto una boca negra hacia otra habitación.
—Créeme, nunca has visto algo igual —Vincent encendió una luz y pasó al interior de la cámara oculta.
—Nunca me habías hablado de esto —se maravilló Ernest al seguirlo. Miró a su alrededor desubicado, como si estuviera en una novela de Julio Verne, rodeado de cosas que no era capaz de entender: Máquinas cubiertas de paneles con botones que se iluminaban de vez en cuando, cables que formaban nidos de serpientes por el suelo, envases transparentes sujetados a las paredes que contenían líquidos de colores llamativos, tubos que se conectaban a ellos, dejando en la penumbra una estela de luminosidad, y un ronroneo constante que ponía los pelos de punta.
—¿Qué es todo esto? —logró articular por fin.
Vincent apareció a su lado con una sonrisa satisfecha:
—Es impresionante, ¿verdad? Pues todavía no has visto lo mejor —le puso una mano en el codo y lo condujo hacia la parte más oscura de la estancia—. Espera un momento.
Ernest escuchó un chasquido y una tenue luz se encendió delante de él. Procedía del interior de una habitación en medio de la propia estancia, como una pequeña casa de madera plantada ahí sin aparente sentido. La luz salía a través de una pequeña ventana de cuatro cristales. Se acercó con cautela, pero imparable curiosidad. Miró hacia el interior de aquella cámara y sus pensamientos se bloquearon.
—Esto es en lo que he estado trabajando durante casi una década— escuchó la voz de Vincent desde algún lugar—. Nueve años de muchas luchas y escasas victorias, mientras entretenía al mundo con pequeñas trivialidades para distraerme y renovar fuerzas para este inmenso proyecto. Pero por fin estoy más cerca que nunca. Te revelo mi gran secreto.
—Pero… no entiendo —Ernest fue incapaz de quitar la vista de ese amasijo de hierro que ocupaba la mitad de la cámara. Si tuviera que describir lo que estaba viendo, tendría que inventarse palabras que fueran capaces de explicar lo inexistente. Con palabras que él podía referir, solo podría decir que se trataba de una especie de caja metálica deforme, con unos cuantos cristales elípticos opacos y varias aberturas tapadas con rejillas. Las paredes de la curiosa estancia eran lisas y negras, y por más que Ernest buscara, no lograba encontrar el foco de luz que bañaba todo en esa atmósfera macabra. Pero sí pudo distinguir algo que parecía tan fuera de lugar como él mismo. En frente de la máquina extraña había un atril y encima, un artilugio rectangular, parecido a una caja. Cuando sintió la presencia de Vincent a su lado le pareció haber regresado de un sueño.
—¿Qué es todo esto, Vincent? ¿Qué máquina es esa? Si no fuera porque soy un hombre racional, pensaría que existe la magia…
—Tranquilízate, amigo mío. No es brujería, solo ciencia. Aunque, quién sabe, tal vez ambos campos no estén tan lejos el uno del otro. Deja que te enseñe—. Vincent abrió la puerta de la cámara y lo invitó a entrar—. Esto cambiará para siempre el modo en que se lee un libro.
Ernest sobrepasó el atril con el extraño objeto para ir directamente hacia la máquina. De cerca parecía más complicada e irreal.
—Cuidado, es muy delicada. Es mejor que vuelvas aquí.
—Por el amor de Dios, Vincent, dime ya de qué se trata —Ernest regresó junto a Vincent, que se había parado delante del atril.
—Todo lo que te conté ahí abajo es real, es cierto —los ojos de Vincent brillaron y la sonrisa misteriosa no abandonó sus labios durante todo su discurso—. Con este invento seremos capaces de leer los libros como si su historia fuera real, porque estaremos en medio de la acción. Sentiremos el miedo y el placer, el calor y el frío, el odio… el amor. Viviremos lo que viven los protagonistas, como actores de una obra teatral. Seremos nosotros y a la vez seremos ellos. Dejaremos de ser meros observadores de las fantasías del escritor, formaremos parte de ella, la haremos realidad. Los escritores tendrán que inventarse una nueva manera de escribir. Y todas las historias que ya existen… ¡Imagínate, Ernest, imagínate ser Werther durante tus horas de lectura!
—¿Pero cómo, Vincent?
—Con esta máquina y este aparato —señaló la pequeña caja sobre el atril—. Lo he llamado: Receptor de Ilusiones. Está conectado a la máquina por unos sensores invisibles a nuestra vista, y digamos que este aparato es la mente de la máquina, y la máquina transforma sus palabras en realidad.
—¡Es una locura, Vincent! ¿Me estás diciendo que esta máquina y esta… caja, son capaces de “meterte” en un libro? —hizo un gesto con las manos en un intento de señalar lo complejo de tal idea.
El rostro de Vincent se ensombreció.
—No te traje hasta aquí para exponerte mi invención si no estuviera seguro de que no es una locura. ¡Es una realidad! Me he pasado todos estos años trabajando en ello. Me he convertido en un coleccionista de sonidos, olores, imágenes… Ha sido un trabajo muy minucioso. Cada detalle debe encajar, cada momento, cada escena. Todo debe ser perfecto.
—¡Demuéstramelo! —pidió Ernest perplejo.
—¿Quieres que te lo demuestre? —Vincent volvió a sonreír, juntó las manos en la espalda y dio unos pasos hasta ocultarle la cara a su amigo—. Hay un pequeño detalle: el final está incompleto. Si no te importa…
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