pasión ardiente

29 de octubre de 2023 6 mins to read
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Ella ríe con esa risa refrescante que llama la atención, aunque es tan natural que parece no darse cuenta de su coquetería. Charla animosamente con su grupo de conocidos. Su cabellera negra brilla en un tono azulado bajo la luz cálida, igual que su pálida piel, envuelta en un desafiante vestido color granate.
Hugo es muy consciente de que ella pertenece a otra galaxia. Es la directora de la filial en Suiza. Su estancia aquí en España ya llega a su fin. Ha sido una tontería encapricharse con ella. Alice volverá a su oficina deslumbrante en algún edificio moderno, sin haberle tan siquiera saludado, y él volverá al despacho que comparte con doce empleados más. El final de una bella e inexistente historia de amor.
Pero esta es la última noche y la única en la que puede verla fuera de la oficina. Hugo apura su copa y el caldo se desliza con tortuosa lentitud por su garganta. Decide comer algo para combatir el malestar en su estómago.
—Prueba estos.
Se gira y ve una pasta verde entre los delicados dedos de Alice. Lo coge notando el rubor en sus mejillas.
—No voy a andar con rodeos —continua ella y coge una copa de la bandeja que trae un camarero—. Es evidente que te gusto. Aunque no te lo parezca, me he fijado en cómo me miras. No quiero que te enamores de mí ni que te hagas estúpidas ilusiones o que alardees de esta noche. Lo que quiero es que me recuerdes que sigo viva. Si aceptas mis condiciones te espero en el Hotel Ashley, habitación 344, dentro de una hora. —Se vuelve y regresa junto a su grupo.
Hugo siente la pasta atascada en su garganta. Mira hacia la mujer que vuelve a reír encantada y piensa que tal vez sólo haya sido una alucinación. La sidra caliente es un peligroso brebaje.

Pero por si acaso está ahí. La mano le tiembla al golpearla contra la puerta 344.
Alice sigue preciosa. El olor de su piel lo cautiva, pero ella detiene su impulso por besarla y le hace sentarse sobre el sofá de la lujosa habitación.
—Antes de nada, debo advertirte. Mi situación es… peculiar —comienza y le sirve una copa de dorado líquido—. Si después de contarte mi historia, crees que todavía me deseas lo suficiente como para arriesgarte, seré tuya por esta noche.
Hugo toma un sorbo y la anima a continuar con un gesto afirmativo.
—Es la primera vez que me sincero con alguien que no sea psiquiatra o psicólogo. Aunque… hace años que ya he desistido de buscar ayuda. Si ahora he decidido contártelo, de revivir la pesadilla, es porque necesito creer que sigo viva, que sigo siendo una mujer con derecho a desear y ser deseada.
»Mi marido, Jan, y yo estábamos esperando nuestro primer hijo cuando ocurrió algo… completamente irracional. Hacía unos meses que era acosada por un demente. Me mandaba rosas al despacho, me perseguía por las calles, el teléfono sonaba sin que nadie contestara al otro lado… Su presencia me aterrorizaba. Era… mezquino, aberrante. Sus ojos estaban velados por la locura. Siempre lo veía mover los labios como si estuviera recitando un conjuro o una maldición. —Alice se estremece, pero rechaza la mano de Hugo—. Un día me esperó a la salida del trabajo y yo pedí a los guardias de seguridad que lo detuvieran, entonces… ardió. ¡Ardió! Sin que nadie le tocara. Las llamas salieron de su cuerpo y lo comieron vivo entre espantosos gritos. Mientras ardía tenía sus ojos clavados en mí y lo vi pronunciar esas palabras sin sonido. Murió allí y yo sentí el fuego dentro de mí. —Alice vacía su copa de un trago.
—Es una historia espantosa —conviene Hugo afligido.
—Todavía no ha terminado. Lejos de verme liberada por su muerte, comenzó para mí la verdadera pesadilla. No era sólo su mirada la que veía una y otra vez cuando cerraba los ojos, era algo dentro de mí. El fuego… parecía quemarme las entrañas. Fui a toda clase de médicos, pero no pudieron impedir que perdiese a mi hijo. Me sentía poseída y de pronto era como si pudiera entender aquellas palabras que siempre había susurrado: serás mía, sólo mía.
»Sé que Jan pensó que me había vuelto loca, no obstante, nos dimos otra oportunidad. Pero cada vez que se acercaba a mí, sentía como el fuego me ahogaba. Una noche, a pesar de revolverme de dolor, decidí entregarme a él. Sentí el fuego expandirse por todo mi cuerpo, furioso por entregarme a otro. Cuando volví a abrir los ojos, comprendí que Jan estaba muerto. Estaba casi calcinado.
Hugo se estremece y apura su copa. Pero el ardor que siente descender por su cuerpo no le ayuda a tranquilizarse. Mira a Alice con recelo y ella sonríe con ironía.
—No me crees, ¿verdad? Te comprendo. Yo también he dudado de mi cordura muchas veces. Es mejor convencerme de que he perdido el juicio a creer una historia tan descabellada. Pero te aseguro que todo es una amarga realidad. No he vuelto a acercarme a ningún hombre desde hace casi tres años. He estado tentada, pero temo la amenaza del fuego. —De pronto coge la cara de Hugo entre sus manos—. ¡Pero deseo vivir! Me niego a estar muerta. ¿Qué dices?

Hugo camina por la calle desértica bajo la adormilada luz de las farolas. Sigue viendo los ojos suplicantes de Alice y se estremece por el deseo insatisfecho que sigue latiendo en él. No sabe si temerla o compadecerla por esa obsesión que parece haberla vuelto loca. Pero se desabotona la camisa y deja que el aire frío le golpee el pecho. Cuando la besó, sintió el calor anidarse dentro de su boca, un calor que iba más allá del ardor de la pasión.

FIN

Imagen de portada de Ricardo Gómez Ángel en Unsplash  

Imagen texto de Vladimir Fedotov en Unsplash

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