
Ernest observó el vaivén de Vincent de lo que, como le había explicado escuetamente, eran los preparativos. No contestó a una sola de las preguntas, limitándose a decir que esperara al momento. Lo vio encender y apretar varios botones, comprobar los niveles de varios envases cuyos líquidos empezaron a burbujear, y conectar tubos y cordones elásticos a los alrededores de la cámara. La máquina intensificó el ronroneo, y detrás de los cristales elípticos se emepzó a formar un cúmulo de nubes de varios colores.
—Está todo listo —Ernest estaba observando las diminutas luces de la misteriosa máquina cuando Vincent lo sacó de sus cavilaciones.
—¿Qué libro…?
—El único con el que he hecho las pruebas hasta ahora —contestó Vincent—. Es una historia que he escrito yo. Por ahora tendrás que conformarte con una prueba mediocre.
—¿Has escrito una historia? No dejas de sorprenderme esta noche—. Ernest se encogió de hombros—. Pero bueno, ¿qué mejor que experimentar con un relato del propio inventor?
A Ernest le pareció ver una mueca sobre los labios de Vincent, pero un pitido les hizo mirar hacia la caja encima del atril.
—Empezamos.
—¿Qué va a ocurrir? —la voz de Ernest sonó agitada.
—Entrarás en la cámara y leerás la historia. El receptor y la máquina se ocuparán del resto.
Ernest palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Vincent mirando de soslayo—. ¿Acaso no confías en mí?
—No es eso…, es que… no me puedo imaginar cómo será. Pero no se hable más. Quiero comprobar tu gran invento —contestó Ernest.
Vincent sonrió de nuevo y le indicó que entrara en la cámara. El receptor de ilusiones mostraba una pantalla oscura sobre cuyo fondo se podía leer un título en blanco: “La maldición de Vaztovich”. No quiso revelar de qué trataba su historia, sería mucho más emocionante que lo descubriera el lector, sin prejuicios, sin expectativas.
—A medida que vayas leyendo cambiará la imagen del receptor, es como si pasaras las hojas de un libro —explicó—. El receptor tiene un captador de movimiento de retina. De este modo se activa la acción según las palabras que leas. Lo único que debes hacer es leer y sentir.
Ernest asintió. Cuando Vincent cerró la puerta para dejarlo solo en la cámara, le entró el pánico. Tuvo la sensación de haberse quedado aislado por completo del resto del mundo. No pudo oír otra cosa más que el ronroneo de la máquina, que ahora estaba aislada por un panel transparente frente a él, como un oponente en una lucha. Las letras de la pantalla del receptor parpadeaban: “Comenzar a leer”. Se dio la vuelta hacia la puerta, seguro de que apenas le quedarían unos segundos de aire, pero la voz de Vincent, que penetró en la cámara por algunos altavoces invisibles, lo calmó:
—Todo está listo. Cuando quieras comienza a leer. Déjate llevar.
—¿Dónde estás? —Ernest corrió hacia el ventanuco y espió hacia fuera, pero lo único que vio fue la oscuridad moteada de luces fluorescentes.
—Estoy muy cerca. No tienes de qué preocuparte —Vincent observó la imagen de su amigo en el recuadro del panel que tenía delante. Por fin iba a descubrir el alcance de tanto esfuerzo. Tenía que dar sus frutos, tenía que demostrar que era más que un loco cuyas ideas nunca eran útiles.
“Comenzar a leer”. En cuanto los ojos de Ernest terminaron de leer la frase, la imagen del receptor cambió, como había asegurado Vincent, y las siguientes letras ocuparon su lugar:
“Estaba solo en medio de ese cementerio del pueblo llamado Vaztovich. El viento tiraba de mi ropa, hacía frío”.
Ernest se giró al sentir una corriente de aire. La puerta seguía cerrada. Cruzó los brazos a modo de protección y continuó leyendo:
“Estaba ahí para descubrir el terrible secreto que había hecho del pueblo un lugar apático, casi desértico. Quería comprobar con mis propios ojos lo que me habían confesado a desgana en la posada. No podía ser cierto. Algo tan terrible simplemente no podía ser cierto”.
La luz en la cámara era más tenue ahora, el suelo se estaba cubriendo con niebla, las cuatro paredes estaban desapareciendo. Su lugar lo ocuparon árboles decrépitos, una iglesia en ruinas, un portal oxidado medio abierto. Mirara donde mirara, estaba envuelto en esa escena de romántico abandono. Dio un salto hacia atrás cuando la niebla descubrió unas losas ladeadas, quebradas, por las que trepaba la hiedra.

—Muy bien, creo que es suficiente —dijo incapaz de apartar la vista. Ya no estaba seguro de si se movía él o si eran las imágenes las que le daban tal sensación. No obtuvo respuesta, por lo que gritó—: ¡Ya he tenido suficiente, Vincent!
Los largos dedos de Vincent tamborilearon cerca de los botones del panel. Todo estaba saliendo como lo había esperado, incluso era mucho mejor. Envidiaba a Ernest por la experiencia que estaba teniendo. No podía detenerse ahora tan cerca de culminar su obra. “Sigue leyendo”, pensó.
La pantalla del receptor de ilusiones parpadeó impaciente.
“Busqué en medio de las tumbas aquella que había infectado al pueblo con su maldición. Busqué el nombre de aquel al que nadie quería nombrar, mientras los últimos rayos de sol teñían el horizonte de tonos anaranjados, haciendo avanzar el tiempo prematuramente”.
El anochecer se perfiló hermoso frente a Ernest. Las lápidas se sucedieron mostrando nombres ilegibles. El graznar de un cuervo lo sorprendió a su derecha, y el posterior aleteo encima de su cabeza le hizo encogerse. Olfateó el aire que olía a tierra húmeda y madera podrida.
—No puede ser real —susurró. Lo único que le aseguraba que no se encontraba en ese cementerio imaginario era el atril que de vez en cuando perdía de vista. Solo la luz tétrica del receptor lo guiaba entonces devuelta. Las letras brillaban, deseosas de ser leídas. Pese a su recelo, Ernest estiró la mano, tratando de tocar una losa, un árbol. Necesitaba descubrir qué eran aquellas imágenes que lo envolvían. Pero no fue capaz de alcanzar lo que veía. Las piedras se apartaban, las ramas retrocedían, dándole la sensación de que seguía caminando.
“El siguiente nivel”, murmuró Vincent, y su índice activó una pequeña palanca.
Ernest sintió como algo tropezaba con su pie izquierdo. Cuando miró hacia abajo descubrió atónito la losa. Se agachó para tocarla, pero la impresión fue tan repulsiva que retiró la mano enseguida. El tacto era frío y húmedo, pero no podía asegurar que fuese piedra. Al erguirse de nuevo sintió como una rama le despeinó el cabello. Cuando quiso alcanzarla esta se disolvió en la niebla. Los objetos eran reales y al mismo tiempo meras imágenes. Ernest no salía de su asombro.
“Entonces la vi delante de mí: la losa maldita cuyas inscripciones parecían grabadas a fuego infernal. Reconocí aquel nombre sin atreverme a mover los labios al leerlo. Me fijé en que la tierra delante de la losa estaba movida y sentí náuseas. Sabía lo que iba a descubrir…”.
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