
Desde algún lugar aulló un lobo. La losa del innombrable apareció en la penumbra, las inscripciones refulgían rojas. Las botas de Ernest se cubrieron de tierra, y el olor a podredumbre se hizo insoportable. Tragó saliva.
—¡Ya no quiero leer más, Vincent! —gritó mirando hacia todos los lados—. ¡Vincent!
Se alejó del atril, tropezando con obstáculos que no pudo distinguir. Necesitaba encontrar la puerta. No recordaba que quedase tan lejos. El viento aullaba a su alrededor, las letras del receptor parpadeaban insistentes, iluminando la penumbra como pequeños rayos de tormenta.
—¡Vincent, ábreme! —Se dio cuenta de que no era posible abrir la puerta desde dentro. Golpeó la pared con todas sus fuerzas hasta lastimarse los puños. Cogió un pañuelo de su chaqueta y se limpió el sudor de la frente. Se acordó de la ventana pequeña y recorrió las paredes en su busca. Asqueado se frotó la cara al enzarzarse con algo que parecía una tela de araña, y descubrió que, en sus manos, se convirtió en gotas de agua. A sus espaldas comenzaron a formarse los ruidos inertes de un cementerio fantasmagórico.
Cuando por fin encontró la ventana, suspiró desesperado. No distinguía nada ahí fuera y el cristal no se dejaba romper. Probó suerte con la pared que ocultaba la máquina extraña, pero sus dedos resbalaron una y otra vez. Trató de encontrar algo que le sirviera para romper el panel, pero todo huía de sus manos.
—¡Vincent! —gritó quitándose la chaqueta y aflojó el pañuelo de su cuello—. ¡Sácame de aquí!
—Solo tienes que terminar de leer —escuchó una voz impaciente. Tardó unos instantes antes de reconocer que se trataba de Vincent. Miró hacia el cielo surcado de nubes oscuras, tratando de encontrar a su amigo entre ellas.
—No quiero leer más —insistió. Su rodilla rozó algo y la losa se giró hasta mostrarle su inscripción maldita—. ¡Ábreme!
Los dedos de Vincent volvieron a tamborilear cerca de los botones luminosos. Botones definidos con letreros como: Grabar, comunicar o detener. Eligió el de comunicar.
—No puedo, Ernest. El mecanismo solo se detendrá cuando hayas llegado a la última página. Todavía me quedan algunos arreglos por hacer. Ya solo te quedan unas cuantas líneas más. Termina de leer.
Ernest escuchó perplejo el silencio siniestro que lo envolvió de nuevo. Sintió un hormigueo creciente y una asfixia que solo le permitió arrastrarse hasta el atril. Se agarró con ambas manos mientras un sudor frío empapó su cuerpo entero. Podía intentar coger el atril para romper el panel, pensó de pronto, pero su cuerpo no le obedeció. Parpadeó nervioso antes de dirigir nuevamente su vista hacia el receptor.
“La maldición de Vaztovich estaba a punto de revelárseme, así me lo aseguraban las voces lastimosas debajo de mí. Corrí hacia el portal sin mirar hacia todo aquello que trataba de impedírmelo. Pero una sombra se interpuso entre el portal y yo. La sombra del no-muerto que me abrazó”.
Ernest soltó un desgarrador alarido.
Vincent pulsó el botón de “Detener grabación”.
—¡Perfecto! —dijo eufórico dando una palmada. Tecleó la palabra “FIN” en el recuadro de insertar texto del panel y apagó unos cuantos botones.
—Gracias amigo por ayudarme a escribir el final —dijo mientras se apresuró hacia la cámara. Abrió la puerta. Una mezcla de olores lo golpeó y se tapó la boca y la nariz con la mano. El humo artificial huyó por la abertura y Vincent pudo ver a Ernest. Estaba tirado en el suelo, boca arriba, con la camisa desgarrada. Su mirada traspasaba a Vincent, su boca abierta clamaba un mudo auxilio, que se había perdido para siempre en el pasado.
Vincent se acercó y cuando comprobó el desenlace dio un paso hacia atrás tumbando el atril. El receptor de ilusiones salió disparado, estrellándose contra el suelo. Un estrépito que Vincent apenas percibió, incapaz de apartar la mirada de su amigo. Rodeó el cadáver agarrándose de espaladas a la pared. El fuerte olor a gases estaba a punto de robarle la consciencia. Tenía que salir de ahí. Pero el mareo le hizo caer de rodillas, con tan mala fortuna que dio con la cabeza en la puerta. Se estiró para evitar que se cerrara, pero solo logró golpearse la cara contra el suelo.
—No. ¡No! —gritó levantándose con gran esfuerzo. Golpeó la puerta aun sabiendo que era inútil. Escuchó el siseo constante de alguna fuga de líquidos. Debía taponar las rejillas, pero ya no tenía fuerzas. Tal vez los sirvientes lo encontraran por la mañana, pero para entonces ya sería demasiado tarde. Se arrastró hasta el ventanuco, sus músculos ya no querían obedecer. Entonces escuchó detrás de sí un extraño gorgoteo. Apenas se atrevió a girarse. Cuando lo hizo, deseó no haberlo hecho nunca. El cuerpo de Ernest estaba desintegrándose de una manera grotesca. Burbujeaba como si estuviera en ebullición, a la vez que se encogía y se hacía más pequeño, desde los extremos hacia el centro. La peste hizo que Vincent se tapara la cara con el brazo, donde soltó un quejido de terror. Arañó con la mano libre el vidrio del ventanuco, aunque solo fuera para tapar el irreal ruido a su espalda. Sus ojos se esforzaron por ver algo ahí fuera que le distrajera mientras esperaba la ansiada muerte. Distinguió luces fugaces que aumentaron en intensidad. Algo no iba bien. Se giró por última vez hacia lo que quedaba de su amigo, un charco indefinido que se estaba evaporando.
—Todo ha sido en vano —miró de nuevo por la ventana: una luz amarillenta que cegó sus ojos y un estruendo brutal que lo liberó.
El viento envolvió la casa como si quisiera arrancarla de sus cimientos y las llamas la arrasaron en menos de lo que dura un grito.

fin
Inicialmente publicado en gallego con Contos Estraños volumen 3 «Vieiros do mañá«
0 comentarios en “terror final”