
A todos nos gustan los libros que se pueden vivir. Pero ¿y si se pudiera hacer literalmente? Un científico desacreditado, un amigo demasiado complaciente, un invento que cambiará nuestra manera de leer un libro. Los grandes inventos requieren mentes ambiciosas, dispuestas a hacer los sacrificios más terroríficos.
Relato Terror final
Vincent llenó las copas con coñac, le tendió una a su amigo Ernest, y se sentó en su sillón frente a la chimenea encendida.
—Debo admitir que me tienes muy intrigado con tu nuevo proyecto —dijo Ernest y saboreó la bebida dorada con gusto.
—Todo a su tiempo, querido amigo. Deja que conversemos un poco antes de hacerte partícipe de ello, y créeme, me serás de gran ayuda.
—Como gustes —dijo Ernest cruzando sus largas piernas. El calor de la chimenea se le antojó agradable mientras que fuera el viento envolvía la mansión con su frío aullido.—Creo que en todos estos años de amistad, ¿son treinta ya?, nunca te agradecí tu apoyo, o el que creyeras en mí cuando los demás solo me trataron como a un loco que debería estar encerrado en un manicomio en lugar de un laboratorio. Sé que es así —insistió cuando Ernest iba a protestar. 
—Exageras, amigo. Siempre has estado un paso por delante. Es gente como tú la que necesita la ciencia para seguir progresando. ¡Por el amor de Dios! ¿A cuántos de esos que se llaman científicos no se le hiela la sangre cuando se les rompe un espejo? No Vincent, tus ideas locas son lo que necesita el mundo para despertar del letargo.
Vincent sonrió.
—¿Ves, Ernest? Por esto te estaré siempre agradecido. Porque sé que crees en mí, aunque solo sea por compasión; porque eres el único que no me ha dado la espalda.
—Demostrarás al mundo de lo que eres capaz. Tarde o temprano lo harás.
Vincent volvió a sonreír. Si todo salía como estaba planeado, su amigo tenía razón. Aunque tal vez, lo que más le importaba, era demostrárselo a sí mismo. Hizo girar el coñac en su copa. Estaba nervioso, ansioso. Todo tenía que salir bien.
—¿Y qué dirías si te digo que estoy ante el proyecto más importante que tuve jamás… el más extraordinario invento que, posiblemente, haya visto la humanidad?
—¿Más importante que el invento del automóvil? –se rió Ernest-. Te diría que eres un genio, amigo mío.
—¿Cuál es el libro que más valoras? ¿El retrato de Dorian Gray, Werther quizás…?
Ernest lo miró desconcertado.
—El libro que más… No lo sé, hay tantos. Sí, estos dos son, no cabe duda, excelentes obras. Pero no entiendo a que viene…
—¿Qué sientes al leerlos? —interrumpió Vincent agitado—. ¿Horror, lástima, sufrimiento…? —añadió al ver que Ernest no acababa de entender su planteamiento.
—Sí… entre otras cosas. ¿No es eso lo que sentimos todos?
Vincent volvió a recostarse en el sillón y tomó un trago de su bebida.
—Pero no dejan de ser unos sentimientos prestados. Unos sentimientos impuestos por un escritor a los personajes que salen de su imaginación, y que de soslayo impactan en los lectores —dijo observando el furioso crepitar del fuego. El reloj de péndulo anunció las siete de la tarde y Vincent aprovechó la interrupción para volver a llenarle la copa a Ernest.
—Las historias son invenciones escritas que surgen de la pluma de un escritor —convino Ernest—. Este dota a sus personajes de vida dándoles sentimientos, experiencias y rasgos que describen su carácter. Los lectores somos unos invitados, a los que se nos permite inmiscuirnos en sus vidas por un periodo de tiempo. Cuando el escritor es bueno, nos sentimos como en casa; cuando no lo es tanto, solo podemos mirar hacia dentro desde la ventana.
Vincent asintió con una ligera sonrisa sobre sus labios.
—¿Y si yo te dijera que puede haber algo más? ¿Que es posible dejar de ser un espectador para convertirnos en protagonista? —escuchó la risa escéptica de Ernest, pero no se dejó contrariar—. Imagínate que estás leyendo Werther, y de pronto tus pies tocan la tierra que pisan los campesinos que viven allí, en Walheim. Imagina que puedes escuchar el viento que se enlaza entre las ramas de los árboles, que oyes trinar a los pájaros. ¿Y si pudieras apreciar el aroma de la piel de Lotte, el verdadero amor? Tiene que ser grandioso sentir con tu propio cuerpo, allí, en ese momento, como la pena te ahoga cuando te das cuenta de que ella no puede ser para ti.
—¿Y tal vez darte cuenta de que el retrato de Dorian Gray envejece mientras tú permaneces joven? —Ernest soltó una carcajada—. Tienes mucha imaginación.
Vincent frunció los labios con desdén.
—El retrato que mirarías sería el tuyo, tú serías el protagonista.
El silencio que siguió a sus palabras le demostró que su amigo no tardaría en creerlo tan loco como su reputación lo aseguraba.
—Creo que es el momento. Te lo demostraré —Vincent se levantó—. Acompáñame.
Ernest dudó un instante, luego se encogió de hombros y dejó su copa encima de la repisa de la chimenea para seguir a Vincent.
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