y cae la nieve

13 de enero de 2022 16 mins to read
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sabéis que me encantan la nieve y los mundos mágicos, por eso os abro la puerta a mi relato helado

Persona con guante sosteniendo una esfera con reflejo de árboles

Y cae la nieve

—Nos está mirando. ¡Rápido, hay que llamar su atención!
—¿Y cómo demonios quieres que lo hagamos? Su mirada nos paraliza.
—¡Sshh, callad! A ver si podemos oír lo que dicen.

—Me gusta tu casa… en serio. Es muy acogedora—. Miguel se quitó el abrigo y lo dejó sobre el sillón. Anabel sonrió encantada.
—Bueno, sólo llevo dos meses en ella. Me temo que todavía me queda mucho por hacer. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café?
Miguel asintió.
—Un café sería estupendo. Hace mucho frío ahí fuera.
—¿Así que no fue mala idea el traerte aquí? —Anabel se rió y salió del salón.
—No, para nada —murmuró Miguel y echó un vistazo a los cuadros de la pared. Estaba más que entusiasmado por estar ahí. Tal y cómo habían acontecido las cosas entre él y Anabel, la noche se presentaba prometedora. Se habían conocido esa misma mañana sobre la pista de patinaje de hielo. No era muy bueno patinando y después de la enésima vez de caerse y amoratarse el trasero, recibió ayuda de una hermosa desconocida. Lo amenazó con no rebelarle el nombre hasta que no supiera mantenerse durante cinco minutos en pie. Había resultado ser un magnífico aliciente. Media hora más tarde estaba sentado en la cafetería con Anabel.
Nunca había conocido a una chica como ella. Era más bien de una sensibilidad difícil de encontrar hoy en día, y sus conversaciones giraban alrededor de un mundo incapaz de entender sus verdaderas e inagotables inquietudes. Pero le gustaba. Había algo en ella, tal vez sus ojos luminosos o su sutil sonrisa, que le daba la sensación de hallarse frente a un hada extraviada. Sabía que no era el tipo de mujer que se dejaba impresionar con facilidad ni con palabras necias, pero la inmediata complicidad que había sentido con ella, le esperanzaba. Veía que ella también se sentía sola. ¿Por qué sino habría de pasar toda la tarde con él e invitarle a su casa?

Se detuvo delante de unas curiosas bolas de nieve. En una de ellas vio un tupido bosque envuelto en un paisaje invernal. La otra era idéntica, solo que había unos diminutos hombres esparcidos por doquier. Agitó esta última y observó  los copos de nieve formar un vendaval. Anabel entró con dos tazas de café.
—¿Así que  vienes de un lugar muy lejano? —preguntó Miguel cuando se sentaron sobre el sofá—. ¿Vas a tenerme en ascuas sobre su nombre?
—Es un lugar tan remoto… Ni siquiera habrás oído hablar de él. A veces incluso yo me pregunto si existe o si solo fue un sueño—. Parecía absorta en sus pensamientos, pero de repente volvió a sonreír—. Si insistes te lo diré. Se llama Dindánara.
—Pues, tienes razón, nunca he oído hablar de ese lugar. ¿Dónde está? Cuéntame algo sobre él.

Mientras tanto:
—Bueno, por lo que parece va resistiendo—. Edgard sacudió la nieve de su chaquetón de tweed marrón y verde y tomó una profunda calada de su pipa.
—Odio cuando hacen esto, de verdad—. Aubert se sentó sobre el tronco de un árbol talado. Todo le daba vueltas.
—Paciencia, amigo. No perdamos las esperanzas de vernos liberados. Puede que éste sea por fin el príncipe azul.
—¡Bobadas!— intervino Jonny, el de los pantalones de cuero, y dio una patada a la nieve—.  No empieces otra vez con tus absurdas teorías.
—Jovencito, llevo aquí unos treinta años más que tú y sé lo que veo — Edgard lo miró de reojo.
—Por favor, señores. ¿A alguien le importaría explicarme de qué están hablando? —Jesús se sentó al lado de Aubert y percibió un largo suspiro del coro de hombres a sus espaldas.
—Jesús, claro, usted fue el último en llegar. Le explicaré que aquí tenemos varias teorías sobre la extraordinaria situación en la que nos encontramos. Sin embargo, puedo asegurarle que mi información la he obtenido de primera mano. Se la resumiré: la joven y hermosa Anabel, a cuyos encantos hemos sucumbido todos los aquí presentes, es en realidad la princesa desafortunada del país de la eterna nieve.
—Dindánara—. Se oyó al unísono.
—En su juventud —continuó Edgard— , y consciente de su inigualable belleza, ha sido una muchacha pecadora de soberbia y egoísmo. Nuestra princesa se burlaba del amor, de modo que ningún caballero logró conquistar su corazón. Ella, sin embargo, los partió todos. Quiso el destino hacerla culpable de la muerte de un joven leñador. La hermana de éste, una conocida y temida hechicera, osó maldecir a la princesa: “No encontrarás hombre que no te desee, pero no hallarás quien te ame en estas tierras.” De modo que Anabel hubo de abandonar Dindánara en busca del amor verdadero. Pues bien es sabido que la persona que no halla el amor es desdichada para toda la eternidad. Llegó así a este nuestro hogar.
>>Los reyes la dejaron partir, presumiblemente muy apenados, pero le impusieron una condición. No podían permitir que los hombres de esta tierra se aprovecharan de su situación, de ahí que nos encerrara en este idílico pero muerto entorno.  
—¿Pero por qué nos encerró? —quiso saber Jesús angustiado.
—Recuerda las palabras de la hechicera. Todos nosotros hemos pecado de dar rienda suelta a nuestra pasión. ¿Acaso no te uniste a nosotros en cuanto tus labios rozaron los suyos? No le hemos sido de ayuda en cuanto a romper esa maldición.
—¿Y la bola de nieve vacía?
—Es obvio, amigo mío. Esa está reservada para el hombre adecuado, el que logre liberarla de su desdicha. Juntos regresarán por fin a Dindánara. Allí será liberado, y nosotros, estimados caballeros, seremos llevados ante los reyes para rendir cuentas por nuestra conducta deshonrosa —suspiró— . Confiemos pues en que sea en esta ocasión.
—Tú has leído demasiadas novelas románticas, Sherlock— interrumpió Jonny—. No le hagas caso, Jesús. Lleva muchos años aquí encerrado y con algo se tiene que entretener.
Edgard lo miró con desdén.
—¿Y cuál es tu teoría?  —preguntó Jesús.
—Mi teoría es bien fácil y desde luego más creíble —comenzó Jonny— . Esa dulce y encantadora mujer no es más que una bruja de ese extraño país llamado Dindánara. Bajo su bonita cara se esconde un ser maligno y calculador. Vino a esta tierra para cazarnos. Al principio es amable y sensual y esas cosas, pero en cuanto nos confiamos, ¡zás!, nos encierra en su bola de nieve.
—¿Y según tú para qué es la bola vacía? —Jesús se estremeció.
—Nosotros fuimos presa fácil. Lo que ella busca es un verdadero desafío, algo así como un alma buena, ¿entiendes? Esa será su mayor conquista, un verdadero trofeo que guardará en su bola vacía. Luego nos llevará a su país. A él le torturará eternamente y nosotros seremos sus esclavos.
Edgard esbozó una sonrisa y echó una bocanada de humo.
—Sí, apuesto a que eso te parecería terrible. Coincidirás, estimado Jesús, en que esa teoría no tiene fundamento—. Jesús se encogió de hombros—.  ¡Míranos! Venimos de diferentes lugares, pertenecemos a diferentes clases sociales, tenemos ideas completamente dispares. Está claro que está desesperada y necesita buscar a su compañero ideal en cualquiera de nosotros.
—No, lo que está claro es que nos seduce a todos y luego nos encierra en una bola de nieve. ¡Es una bruja! —exclamó Jonny con el puño en alto.
Hubo quien le aplaudió, quien le abucheó y quien agachó la cabeza sin pronunciarse. Al final todos quedaron mirando a Jesús.
—¿En qué basáis vuestras teorías? La verdad… no sé qué creer.
Edgard se rió y miró a los hombres con cierta satisfacción.
—Puedo presumir de ser el caballero que durante más tiempo resistió la tentación. Eso me permitió conocer a Anabel mejor que ninguno de vosotros. Hemos hablado muchas veces de nuestra conversación con ella y en todas coincide un cierto patrón: la melancolía por su tierra y su interés por una larga y variada conversación. He podido ser testigo de sentimientos mucho más profundos. Por ello sé que busca el amor con desesperación y que anhela que la libere de sus errores y el destierro.    
—¡No te enteras! —Jonny señaló hacia la opaca imagen de Anabel y Miguel— . Eso sólo son artimañas de una mente pervertida y maligna. Lo que quiere es meternos en el bolsillo para atraparnos.
—Bueno, ¿y qué podemos hacer? —preguntó Jesús exasperado. Estaba claro que no había una explicación definitiva—. No pienso esperar a que ocurra ninguna de las dos posibilidades. ¡Edgard, llevas treinta años aquí! ¿Es que ninguno pensó en cómo salir de esta maldita bola?
—¡Suicidio! —gimió Aubert y se colocó un pañuelo delante de la boca.
—Ya lo hemos intentado —informó Jonny antes de que Edgard pudiera intervenir—. Nos fuimos hasta el borde, la bola se inclinó y cayó al suelo. Pero sólo conseguimos un tremendo dolor de cabeza. La bola es irrompible. Anabel la recogió y volvió a colocarla sobre la estantería como si nada.
—Pero su sonrisa fue muy encantadora —la mirada de Edgard se perdió en la nada.
—Sí, la sonrisa de la bruja que sabe que no podemos escapar.
—¿Para qué escapar? —preguntó Edgard de pronto—. Has de saber, querido Jesús, que hay quienes no aprobamos la idea de un suicidio. ¡Sería absurdo! Es cierto que la espera parece eterna, pero no padecemos ninguna necesidad física. No existe el frío ni el hambre ni el cansancio. De seguro echamos en falta noticias de los nuestros… Pero hemos de ser pacientes y confiar en la indulgencia de los reyes. ¡Observad al nuevo!
—¿No estás celoso porque hay otro que te va a quitar el título de “resiste tentaciones”? —Se mofó Jonny.
Edgard se acercó al borde de la bola para fijarse mejor en la pareja sobre el sofá. Los copos de nieve revolotearon en el aire.
—Soy el primero en desear la felicidad de la princesa.

Miguel miró el reloj de pared colgado enfrente de ellos. Marcaba las tres de la madrugada, pero no sentía cansancio. Se sentía inusualmente animado. Anabel tenía una capacidad asombrosa de narrar historias entretenidas. Tenía una imaginación tan desbordante que sus vivencias a veces parecían sacadas de un cuento de hadas.  Miguel no la interrumpía, se sentía tan ensimismado que la veracidad de sus historias carecía de importancia. Lo que ocurría, pensó, era que se estaba enamorando.

—¿Hasta cuando será capaz de resistir la tentación de besarla? —gimió  Aubert.
—Sí —intervino Jesús—  , ¿cuándo se considera superada la prueba
—No lo sabemos con exactitud —contestó Edgard y guardó su pipa cuyo tabaco nunca se consumía.
—Pero… ¿y lo que ocurre por las mañanas? Puede que guarde relación. Yo sólo llevo un día aquí pero si decís que siempre se repite…

—Así es. Se repite cada mañana, exactamente a las siete y seis minutos—. Edgard sacó su reloj de bolsillo y dio unos golpecitos a su cristal—. El repentino vendaval que se levanta nos impide ver con claridad, pero los monstruosos alaridos hablan por si solos. Son los vientos de la maldición que le recuerdan a Anabel su nuevo fracaso.
Jonny desaprobó sus palabras con un gesto de la mano:
—Eso es que se vuelve loca por no conseguir su trofeo. Primero lo destroza todo y después vuelve a ordenarlo. ¿Es que no la visteis limpiar la casa cuando todo se vuelve a calmar? —Un murmullo de asentimiento corrió por la bola de cristal.
—¿Tal vez tenga que resistir hasta esa hora? —comentó Jesús y todos asintieron sin añadir nada más.

Las horas pasaban con tortuosa lentitud. Los hombres encerrados en el paisaje invernal observaban resignados, mientras ahí fuera un desconocido estaba tejiendo sus destinos sin tan siquiera saberlo. Algunos se habían sentado en primera fila como si de una visita al cine se tratara,  otros permanecían apartados, convencidos de que sólo era cuestión de tiempo hasta que el nuevo se uniera a ellos.
Pero el nuevo resistía. De vez en cuando su mirada atontada delataba los pensamientos que le pasaban por la mente e intentaba acercarse un poco a Anabel. La mirada de la hermosa chica apenas podía ocultar su desazón, pero no se apartaba. Y era en esos instantes que el nuevo demostraba estar hecho de otro temple, no insistía, no imploraba, aunque se consumiera de deseo.

—¡Se acerca la hora! —advirtió Edgard de pronto mirando su reloj.
—No podemos permitir que una tormenta de nieve nos impida ver lo que sucede   —objetó Jesús—. ¡Rápido, peguémonos contra el cristal!
—Es inútil, el viento siempre nos arrastra —aclaró Jonny arisco.
—Tengo el presentimiento de que hoy sucederá algo distinto—.  La voz de Edgar era apenas un susurro—.  Algo todavía más horrible.
Todos lo miraron con el corazón en un puño.
—Las siete y seis minutos.
Vieron atónitos cómo Anabel se inclinó sobre el chico y lo besó.

Miguel sonrió sorprendido, pero Anabel se apartó tan rápido como se había acercado. No obstante, había algo en su mirada, un brillo fugaz que manifestaba un hace tiempo esperado alivio. Esa mirada tenía, sin embargo, la fuerza de angustiar a Miguel.
Ella lo observó con respiración acelerada, estaba esperando algo. Entonces Miguel lo oyó. Unos pasos lentos pero pesados. No parecían llegar nunca y, sin embargo, el mero pensamiento de que pudieran hacerlo, dejaba el corazón sin latido.
 Miguel quiso echar a correr, pero no se atrevió ni a pestañear. Se apoderó de él un frío espantoso. Percibió que algo se había parado en el umbral de la puerta. El terror que la chica escondía detrás de su pétrea expresión le impedía mover los ojos y averiguar de quién se trataba. Algo se acercaba con tortuosa calma, arrastrando consigo un aire gélido.
Miguel sintió cómo los latidos de su corazón se disparaban, cómo la sangre le subía a la cabeza. Era incapaz de respirar y sus pulmones pedían aire a gritos. Y cuando lo vio, todo su cuerpo quedó petrificado.

—¡Dios mío ¿Qué es eso? —gimieron algunos hombres a punto de vomitar.
—Yo diría que eso no tiene nada que ver con Dios —exhaló Jonny con ojos desorbitados.
Un murmullo de horror agitó la bola de nieve. Algunos buscaron refugio detrás de árboles nevados, otros, en cambio, no podían apartar la mirada.
—Ahí tienes —. Escucharon la voz de Anabel a prudente distancia de aquel Ser—. Un hombre capaz de dominar su deseo, tal y cómo hemos acordado. Quedo libre de mi deuda. Ahora quiero volver a casa.  
El Ser se acercó a Miguel y le acarició la mejilla congelada con las uñas. Un fino reguero de sangre se mezcló con la escarcha. Luego se giró hacia Anabel y todos se encogieron ante aquella sonrisa altiva.  
—¿Es que no quieres saber lo que voy a hacer con él? —preguntó con una voz sorprendentemente sedosa que no parecía pertenecerle.
Vieron la chispa en la mirada de Anabel, pero la joven se compuso de inmediato.
—No, no quiero saber nada más. Sólo quiero regresar a casa, ese fue nuestro acuerdo.
El Ser volvió a sonreír, abrió la mano y le tiró un anillo que Anabel cogió con torpeza.
—¡Regresa!
Los hombres dentro de la bola de nieve vieron cómo Anabel se puso el anillo con rapidez. También vieron cómo aquel ser aberrante se colocó al rígido Miguel sobre los hombros, y cómo sus pies se arrastraron de nuevo hacia el pasillo oscuro.
—¡Mirad! —gritó Jesús y señaló la bola de nieve contigua.

Allí dentro estaba Anabel, en medio del paisaje nevado con su misterioso bosque espeso. Se reía y giraba sobre si misma mientras copos de nieve se mezclaban entre su larga cabellera. Luego echó a correr y se perdió de sus vistas.
Hubo un largo silencio que finalmente fue roto por Jonny.
—¿Todavía crees que es una princesa? —increpó a Edgard— . Os dije que era una bruja. ¡Maldita sea!
Edgard no se dejó contagiar por aquel arrebato. Se sentó al lado de Aubert, sacó su pipa del chaleco y le pegó una larga calada.
—Puede que a fin de cuentas, estimado compañero, ambos tengamos razón.
Jesús pegó su frente al cristal y observó el salón vacío.
—¿Y ahora qué? ¿Qué ocurrirá con nosotros?
Escuchó el suspiro de Aubert:
—El suicido, amigos. No podemos seguir así por toda la eternidad.
—No puedo creerlo —continuó Jesús desesperado—. Tal vez debamos esperar hasta las siete y seis minutos de mañana y ver qué ocurre. Si todo acabó… no entiendo por qué seguimos presos aquí—. No obtuvo respuesta. Se giró hacia ellos. En ese instante vio como la mano de Jonny, en un intento por agarrarle, se congeló, uniéndose así al resto del cuerpo inerte. Todos estaban congelados, incluso el humo de la pipa de Edgard. Sintió cómo el hielo le iba subiendo por las piernas mientras comenzaba a nevar.

 FIN

Imágenes

Portada Dawid Zawila en Unsplash

Bola de nieve N. en Unsplash

Reloj Lucas Santos en Unsplash

Bosque nevado Standret en Freepik

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