Noruega es un país increíble, con unos paisajes que te dejan sin aliento: glaciares, los fiordos y mucho, mucho verde. Lo confieso, soy adicto al Norte.

Una de las ciudades que visité fue Stavanger, la capital de la provincia de Rogaland, al sudoeste de Noruega. Es una de las ciudades más grandes del país y muy cerca del Lysefjord, uno de los fiordos más bellos del país. Está además muy cerca del Preikestolen (púlpito), el famoso acantilado no apto para los que sufran de vértigo, pero con vistas increíbles.
Antaño Stavanger fue conocida por su industria conservera y hoy por los hallazgos de petróleo, que han hecho de Noruega uno de los países más ricos del mundo. Digamos que viven muy bien y no es nada económico pasar las vacaciones allí, pero es imposible arrepentirse.
Es una ciudad portuaria, de modo que pasear por su puerto es imprescindible. A lo largo del paseo se aglomeran pintorescas casitas. Muchas de ellas bares y restaurantes, donde disfrutar de la gastronomía noruega.
Pero si he de destacar dos lugares, son el casco antiguo (Gamle Stavanger) y la calle Ovre Homegate.
Gamle Stavanger es una parte de la ciudad extraordinaria. Sus calles están adoquinadas y sus casas de madera están pintadas de blanco. Son alrededor de 170 casas, construidas entre los siglos XVIII y XIX. Son consideradas las casas de madera mejor conservadas del norte de Europa. Si quieres vivir en una, prepara una fortuna.

Otro lugar imprescindible que ver es la calle Ovre Homegate. Al contrario de las casas monocromáticas del casco antiguo, aquí las fachadas están pintadas con colores llamativos. Pasear por aquí, comprar y tomarte algo, te anima al instante.
Algo que también llama la atención en Stavanger es su arte urbano. De hecho, uno de los festival más importantes de Street Art, el NUART, se celebra cada año en esta ciudad. Hay auténticas joyas donde menos te lo esperas.

Por su puesto no podría faltar una catedral, la Domkirken. Data nada más y nada menos que del siglo XII por lo que presume de ser la más antigua del país. Muy cerca hay un lago. Y es que hay ciertos elementos que no pueden faltar.
Como de costumbre, hice mi ruta repostera por la ciudad. Hay bastante variedad, aunque lo más rico fueron, sin duda, los Kanelsnurrer, los rollos de canela. Yo hice mi propia versión. Tendré que volver a Noruega para saborear la diferencia. Sí, creo que de hecho, debería hacer las maletas tan pronto termine de escribir este artículo. Mi versión:
Resumiendo, a pesar de no ser una ciudad inmensa en cuanto a superficie, sí lo es en cuanto a ocio, belleza e historia. Un lugar donde pasar unos días agradables.
Por cierto, había una tienda para los llamados Frikies con una planta dedicada a Harry Potter. Por supuesto me compré un libro y algún que otro artículo más.
Las imágenes 3, 4 y 5 han sido cortesía de mis commpañeras de viaje Lydia y Nati.
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