
Había una vez un molinero que tenía una hermosa hija. Un buen día se encontraron con el rey, que paseaba por sus tierras. Como al molinero le gustaba alardear, se le ocurrió decir al rey que su hija era capaz de convertir la hierba seca en oro. Esperaba con ello caerle en gracia. La hermosa hija, de nombre Esther, no se pronunció. Estaba acostumbrada a las invenciones de su padre, aunque esta vez hubiera mentido al mismísimo rey.
Como era natural, se hacía lo que el rey ordenara. Y el rey ordenó que llevaran a Esther al castillo. La muchacha accedió resignada. De todos modos, eso era lo que se esperaba de una muchacha obediente, y si se fijaba bien, el rey era un hombre apuesto. Tenía “un algo” que no era capaz de explicar con palabras.

Así pues, comenzó la aventura de Esther en el castillo del rey. Un castillo enorme, de puertas cerradas. El rey tenía grandes planes de expansión, y cuando miraba a Esther no veía a la joven muchacha, que lo contemplaba con inocente afecto, sino su propio bienestar. De modo que la encerró en una habitación llena de hierba seca y le dijo con tono amenazante:
—¡Veamos lo que eres capaz de hacer! Convierte esta hierba en oro durante esta noche. Si tu padre ha sido un farsante os mandaré a ambos a las mazmorras. Pero si eres capaz de satisfacer mis órdenes, seré generosos. Haré que te traigan una manzana de mi exquisito jardín.
Esther estaba desesperada. La afirmación de su padre los haría morir a ambos de hambre en los calabozos. No podía defraudar el rey, no solo porque su vida corría peligro, sino porque cuando lo miraba veía en él “un algo” que la tenía desconcertada. Albergaba la esperanza de que las amenazantes palabras no fueran lanzadas en serio.
Pasó la tarde y Esther no había sido capaz de hilar el oro. Pero justo cuando ya se veía agonizando en el húmedo y frío suelo, apareció un hombrecillo de la nada. Su aspecto era curioso, extraño e incluso cómico.
—¿Por qué lloráis? —preguntó el extraño.
—He de convertir esta hierba en oro antes de mañana o el rey se deshará de mí.
—Yo puedo ayudaros, pero… ¿qué me daréis a cambio?
—¿Es que siempre hay que dar algo a cambio? Está bien, os daré este collar que me regaló mi madre.
Y así sucedió. El hombrecillo convirtió en oro la hierba seca y Esther le entregó su collar.

Al ver la transformación, el rey se sintió eufórico, pero lejos de tomarse un respiro y disfrutar con Esther del día soleado, la encerró en otra habitación con más hierba seca que convertir en oro.
—Convierte esta hierba en oro y seré generoso contigo: te regalaré un nuevo delantal.
La muchacha sonrió insegura y calló sus dudas ante el rey. De nuevo estaba en una situación crítica. Si no satisfacía los deseos del rey, era más que probable que no volviera a verlo y eso, a estas alturas, la entristecería mucho. No le había dado tiempo suficiente todavía de ponerle nombre a ese “algo” que el rey despertaba en ella.
Pasó un buen rato en la penumbra de aquella habitación llena de hierba seca, hasta que sus llantos atrajeron de nuevo al hombrecillo.
—¿Por qué lloráis esta vez?
—El rey me mandó convertir esta hierba seca en oro. Si no lo consigo, él jamás se enamorará de mí.
—Yo puedo ayudaros, pero… ¿qué me daréis a cambio?
Esther se alegró tanto de recibir su ayuda, que no le importó ofrecerle lo único que todavía le quedaba, el anillo de boda de sus abuelos paternos.

Los ojos del monarca reflejaron el brillo del oro.
—Mi rey, he convertido toda la hierba seca en oro. Creedme, me agradan vuestros obsequios, pero…
—Ya entiendo —dijo el rey, embelesado con su nueva fortuna—, tienes razón. ¡Un don como el tuyo se merece el mejor de los presentes! ¡Por eso me casaré contigo y me darás un precioso sucesor!
Esther no supo qué contestar, tal vez emocionada con la propuesta, tal vez porque, por primera vez, el rey le había sonreído.
—Pero antes, debes convertir en oro otra carga de hierba seca.
Esther seguía tan contenta por la oferta de matrimonio del rey, que no le importó acceder a su orden. Una vez convertida en su esposa ya tendría tiempo de ser feliz.
La habitación en la que había sido encerrada era el triple de grande y el triple de ancha que las anteriores. No entraba un solo rayo de sol, ya que la hierba seca tapaba cada ventana. Al ver esa inmensa montaña, Esther sollozó.
—¡Jamás llegaré a ser la esposa del rey! —pensó. En silencio deseó que el hombrecillo apareciera de nuevo para ayudarla.
—¡Lloráis! Luego debéis de convertir en oro toda esta hierba seca —escuchó por fin una voz cerca de ella.
—Así es, hombrecillo, pero soy tan desdichada… He de pediros vuestra ayuda y, sin embargo, no tengo nada ya que ofreceros.
—Decidme, ¿por qué hacéis todo esto por el rey si os hace sentir tan desdichada?
Esther dudó un momento, confundida con la pregunta del hombrecillo, pues estaba convencida de que la respuesta era muy obvia.
—Porque quiere que me convierta en su esposa.
—En ese caso os ayudaré, pero a cambio me entregaréis vuestro primer hijo.
A Esther le pareció desproporcionada la idea, pero al verse atrapada sin salida, accedió.

Se celebraron unas bodas espectaculares, financiadas con la hierba seca convertida en oro, y al cabo de nueve meses nació un dulce principito. Esther se había olvidado de la promesa que le había hecho al hombrecillo. El principito se había convertido en su única alegría. Había pensado que al darle un hijo al rey podría salvar su matrimonio, pero la única pasión que tenía el monarca era su gran fortuna y cómo presumir de ella.
Entonces, un día soleado de primavera, el hombrecillo regresó.
—Vengo a reclamar lo que es mío por derecho.
—¡Por favor, hombrecillo, tened piedad! El niño es todo lo que tengo. Coged todas las riquezas que poseo: las agujas de zurcir, las horquillas que sujetan mi peinado … ¡pero no me quitéis mi único tesoro verdadero!
El hombrecillo suspiró. Al igual que Esther, se había dado cuenta de que las cosas materiales carecían de sentido comparadas con aquellas que tocaban el corazón. Por eso mismo le había pedido el niño a cambio de sus servicios. Él, aunque curioso, extraño e incluso cómico, también deseaba tener a alguien a quien dar su cariño y saber cómo era eso de que lo llamaran “papá”.
—Haremos un trato —dijo por lo tanto—. Volveré dentro de unos días. Si para entonces adivináis mi verdadero nombre, renunciaré a mi derecho.
Esther se pasó el tiempo pensando en un nombre que se adecuara a un perfil tan peculiar. Mandó a uno de sus confidentes buscar por todo el reino, en cada casa, en los bosques y debajo de cada piedra. Alguien tenía que conocer el nombre de aquel hombrecillo. A pesar de su absurda exigencia, le había caído en gracia y quería intentarlo todo antes de tener que encarcelarlo.
Y por fin llegaron buenas noticias…
Cuando el hombrecillo llegó al castillo, equipado con un cochecito de bebé, chupete y biberón, Esther ya le estaba esperando con una sonrisa.

—Ahora sí, mi reina, me llevo lo que me corresponde.
—¡No tan rápido! Dadme tres intentos para adivinar vuestro nombre.
—De acuerdo, lo prometido es deuda. —El hombrecillo no dejó de sonreír pues estaba convencido de que Esther jamás acertaría.
—¡No os llevaréis a mi hijo, Pedro!
—No, no y no. Así no me llamo yo.
—Entonces, ¿tal vez seáis Benjamín?
—No, no y no. Así no me llamo yo.
—Bueno, en ese caso, os llamáis Rumpelstiltskin.
—¡Os lo dijo una bruja! —gritó el hombrecillo.
—No, ha sido mi confidente. Os oyó cantar una canción mientras os lavabais en una tinaja. Cantabais que nunca nadie adivinaría que os llamáis Rumpelstiltskin.
El hombrecillo se derrumbó y una cosa llevó a la otra. Pasaron toda la tarde conversando sobre la soledad y su deseo de compartir la vida con alguien que fuera sencillo y auténtico. Rumpelstiltskin jugó con el niño, que no paró de reír. Incluso le devolvió a Esther el collar y el anillo que le había exigido a cambio de su ayuda. Esther se dio cuenta de que había compartido más cosas con ese hombrecillo que con el propio rey, y de pronto no tuvo más dudas. Ya era hora de hacer lo que ella deseara. Había pasado demasiados años viviendo una mentira. Ahora era el momento de tomar las riendas de su vida y de ser feliz cómo y con quién ella decidiera.
El rey retornó al castillo después de una noche sin fin y vio que su esposa y su hijo estaban a punto de marcharse en un deteriorado carro.
—Os dejo, querido, este matrimonio fue un fraude. Rumpelstiltskin y yo montaremos nuestro propio negocio. Os podéis quedar con las manzanas de vuestro exquisito jardín y con los delantales de sirvienta, pero el niño se viene conmigo.
—Pero… ¿cómo es posible que me dejéis por alguien así, con un nombre tan absurdo?
—Porque ya puedo explicar ese “algo” que tenéis, mi rey: sois peculiarmente pedante, soberbio y machista.
—¡Ese niño me pertenece! —gritó el rey enfurecido.
Esther se echó a reír antes de subir al coche.
—Nadie pertenece a nadie.
Y así fue como Esther, la hija del molinero, emprendió su propio sueño de felicidad junto a alguien que comprendía que ella también había nacido para ser libre.

Ilustraciones mías (inspiradas en otras que he visto en la red), salvo la última, que es de Noa 🙂
0 comentarios en “Rumpelstiltskin”