
—Veo en tus ojos un gran dolor. Es por ella, porque la ansías tanto y no la puedes conseguir.
Berto estuvo a punto de darle la espalda a esa chiflada que sólo quería quitarle su dinero, pero aquellas palabras lo interesaron. La mujer sonrió, y le puso el ramito de romero en la mano.
—Mañana mete esta hierba en agua hirviendo, con luna llena, y después házselo beber. Su corazón será tuyo para siempre. ¡Para siempre! —se rio con picardía.
Berto no se inmutó y la mujer calló.
—Toma, bruja —dijo y sacó un fajo de billetes— , tus servicios deben ser bien pagados.
La mujer alargó la mano, como si temiese que los billetes pudieran desaparecer tan rápido como habían aparecido. En cuanto puso sus manos sobre el papel, Berto se las apretó con fuerza y acercó su cara a la suya.
—Pero piénsalo bien —susurró—. Tu predicción debe ser verdadera, el corazón… De lo contrario, te buscaré.
La mujer se estremeció. Escuchó los billetes arrugarse en sus manos y se soltó con fuerza del agarre de Berto. Luego salió corriendo.
Estaba poniendo el cazo al fuego cuando escuchó un ruido en la parte de la cocina que quedaba en penumbra.
—Tu poción no funcionó, bruja—. Berto salió de las sombras, tranquilo, inexpresivo, con un cuchillo brillando en su mano— . Me debes un corazón.
FIN
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