Jim

30 de octubre de 2022 6 mins to read
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Calabaza sonriente iluminada y muñeco aterrado con nombre Jim escrito

Forma parte de una recopilación de cuentos de terror en gallego llamado Contos no nicho que se publicó en 2013. Un recopilatorio con relatos escalofriantes e ilustraciones asombrosas, que se inspira en la mítica serie de terror Historias de la cripta.
Esta es una versión revisada del relato que publiqué.

La quería. Era la pincelada de color en su vida gris. Su larga cabellera negra que caía rebelde como una cascada por su espalda, sus ojos azules sombreados por largas pestañas, y sus labios tatuados de rojo infernal. Todo en ella le despertaba un infinito deseo que lo consumía en silencio, pues solo podía admirarla desde la distancia que una estrella del teatro marca con un simple asistente.

Jim solía observarla mientras se encontraba en su camerino siempre repleto de flores de admiradores. Podía hacerlo, pues era casi invisible para ella. No le importaba desvestirse delante de él y tirarle el corsé para que lo guardara. No le importaba nublarle la vista con una bocanada de humo del cigarrillo. Como tampoco le importaba sonreírle con desdén al señalarle la puerta para que la dejara a solas con el ricachón de turno.  

Mientras la observaba noche tras noche actuar sobre el escenario, escondido detrás de los pesados cortinones que apestaban a lujo y frivolidad, soñaba con ser ese galán que la estrechaba entre sus brazos. Ese galán que le regalaba un amor sincero que no se desvanecía después de levantarse de su cama.
Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y siente el tacto templado del metal. Todos sus ahorros y esperanzas concentrados en ese anillo. Esta noche, se había prometido, tiene que proponerle un mundo mejor.

Ella se descalza mientras sus ojos sobrevuelan una tarjeta que ha descubierto entre un ramo de rosas blancas. Mira a Jim sin mirarlo, acostumbrada a su presencia muda. Lee la tarjeta y la tira sobre su tocador.
—¡Cásese conmigo! —dice Jim con una voz decidida que ni él mismo reconoce. No eran las palabras que había ensayado febrilmente, pero era lo único de lo que se acordaba. Ella casi se atraganta con el champán.
—¿Has estado bebiendo, Fred? —pregunta con una mezcla de fastidio y diversión.
—Jim, me llamo Jim. —La corrige bajando la mirada. Por un momento se siente intimidado. Tal vez sea mejor intentarlo otra noche. Pero el anillo que aprieta con fuerza lo empuja a seguir, a sincerarse—. Estoy enamorado de usted. Estoy dispuesto a demostrárselo.

Ella se desmaquilla delante del espejo y mira el reflejo del escuálido Jim. Él sabe que tiene que aprovechar el momento. Nunca antes le había prestado tanta atención. Saca el anillo de su bolsillo. Ella estrecha los ojos para fijarse en el objeto que le muestran los dedos temblorosos.
—¡Dígame que sí! —pide Jim emocionado—. Yo… puedo hacerla feliz.
—Claro, claro que sí. —Se da la vuelta para mirarlo con seriedad, pero de pronto rompe a reír—. Definitivamente, has estado bebiendo, Fred. ¿Pretendes comprarme con esa baratija?
—No pretendo comprarla. Yo no soy como ellos, yo… la amo.
—Oh ¡cállate ya! ¿Qué sabrá un pobre diablo como tú del amor? El amor no paga las facturas, cariño, ni la vida que yo quiero tener—.  Se acerca a él para quitarle el anillo y sin mirarlo lo tira sobre su tocador—. No seas iluso, jamás podrás pagarme mis sueños.
Jim busca el anillo entre tarjetas, botes de maquillaje y frascos de perfume. Cuando lo encuentra se gira hacia ella. Sus dedos tiemblan cuando lo alza y se siente ridículo por las lágrimas que se asoman en sus ojos.
—Es todo lo que tengo.
—¡Pues no es suficiente! —Le arrebata el anillo y se lo empuja con brusquedad dentro de la boca.

La sorpresa hace que el aro se quede atrapado en la garganta de Jim, impidiéndole respirar. Se lleva las manos al cuello, intenta expulsar el objeto, pero se ha quedado enquistado. Se le nubla la vista. Tropieza con los vestidos en el perchero, que caen al suelo.
—¡Ayúdeme! —implora con un hilo de voz. Alarga la mano hacia ella, pero está cada vez más borrosa. Cae al suelo con un golpe estrepitoso. Percibe que se abre la puerta del camerino, alguien le toca la cara. Las voces son febles.
—¿Qué ocurre aquí? Por el amor de dios, ¡está muerto!
—Ha muerto de puro amor. ¡Maldita sea, quiero otro camerino!

El hombre sentado sobre el sofá toma la copa que ella le extiende. Está envuelto en un abrigo de paño fino y lleva un sombrero que mantiene en sombras su rostro. No ha hablado mucho hasta ahora, pero a ella le fascina su voz ronca que parece desgarrar cada palabra. Sus movimientos son distinguidos y huele a dinero.
—¿Crees que vas a conquistarme llevándome de paseo en tu limosina y regalándome esta gargantilla de diamantes? —le pregunta sentándose muy cerca de él. Sobre la mesa hay un periódico cuya portada anuncia la trágica muerte accidental de un ayudante de camerino. La foto es para la estrella de teatro, deslumbrante incluso cuando finge aflicción.

—Todo es poco para ti —contesta él dejando que le ponga la mano en la rodilla.
Ella se ríe complacida y le acerca sus labios.
—¿No vas a revelarme tu nombre? —Lo besa y él le corresponde. Pero algo en ese beso no es normal. Sabe a putrefacción. Quiere apartarse, pero su lengua queda enredada en una maraña de tendones. Algo succiona de ella, la ciñe con un aro de metal frío, y la empuja hacia su tráquea, ahogándola.

Él se levanta, se quita el abrigo y el sombrero, dejando a la vista un cuerpo descompuesto por gusanos. Observa impasible el terror en aquellos ojos azules que tanto amó.
—Jim, me llamo Jim —contesta cuando ella expira.

FIN

 

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