
fue en el otoño del año 1999. Época en la que conquisté a mi compañera de vida gracias a un postre un tanto peculiar.
Empezamos nuestra aventura en común con la certeza de que la emoción es un ingrediente básico en el menú del día a día en una relación. Con el permiso de Laura, comparo nuestra vida con el placer de comer palomitas recién hechas. A veces les echamos azúcar (mis favoritas) y a veces, sal (sus favoritas), pero siempre prometen un rato agradable.
Diré que no me fue nada fácil conquistarla, y confieso que tuve que echar mano de mucha imaginación y de la ayuda de un puñado de vecinos para preparar el postre de mi vida.
Aquel otoño me ofrecieron dar clases de cocina vegetariana en el centro cultural de mi pueblo. Yo era conocido sobre todo por mis postres, pero el vegetarianismo era un gran desconocido, algo para raros. Estaba dispuesto a cambiar ese prejuicio. Además, sería curioso descubrir las dotes culinarias de mis vecinos…
El primer día de clase había reunido a un grupo de once integrantes. Sin duda, muchos más de los que había esperado. Podía ver la desconfianza en casi todas las miradas. No me lo iban a poner fácil. Mi intención había sido explicarles un poco de qué trataba la cocina vegetariana, pero enseguida comprendí que debía dejarme de teorías y pasar a la acción. Así que, nos pusimos manos a la obra, y después de una semana mis alumnos ya habían entendido que los animales no eran necesarios en una dieta sana. 
Me divertía mucho ver sus miradas cambiar del escepticismo a la sorpresa cuando probaban sus propias creaciones. Más de uno venía a clase con una sonrisa amplia y me confesaba que su cuerpo ya no le pedía tanta grasa animal. Todos tuvimos la sensación de haber hecho algo provechoso con nuestro tiempo compartido y lamentamos que solo quedara una semana de clases. Yo les había acercado un mundo desconocido y ellos me habían dejado entrañables recuerdos.
Estaba por ejemplo Darío, el eterno inconformista.
—¡Muy bien, Darío! Esa sopa de queso tiene una pinta exquisita. Déjame un poco para probarla.
—Pinta exquisita sí —contestaba él con su vozarrón— , pero con unos muslitos de pollo estaría todavía mejor.
Los muslitos de pollo era su obsesión. Le encontraba un lugar en cada plato. Creo que al final, y en medida de lo posible, conseguí convencerlo de que podía vivir sin ellos, al menos dos días de la semana.
Estaban también Betty y Lorena, las adictas a los condimentos. Su afición a las hojas de menta y cilantro, entre otras, les había llevado en varias ocasiones a tener que arrojar su comida a la basura.
—Diría que le habéis echado demasiado orégano —. Recuerdo haber comentado una vez al ver que el dorado color de las patatas asadas había padecido bajo una sábana de musgo.
Recuerdo a Herminia, la ‘abuelita’, que siempre me sorprendía con alguna receta casera perfectamente adaptable a nuestro propósito. Eduardo, Miguel y Patricia, quienes habían resultado ser unos cocineros con mucha destreza, después de haber asegurado que los huevos fritos eran lo único que sabían hacer. Paula, la chica tímida, cuyos labios se transformaban en una mueca de plena sensualidad cada vez que escuchaba la palabra chocolate.
Me compadecí de Rafael, casado con una vegetariana. Estaba empeñado en sorprender agradablemente a su mujer. Su esfuerzo era loable, aunque nunca había visto a alguien tan torpe. Más de una vez había puesto a prueba mis reflejos para salvar a un huevo del aterrizaje forzoso. Cada vez que ponía agua a hervir o aceite a calentar, me quedaba a su lado, por si acaso.
Luego estaba Josefina. Se apuntaba a todos los cursillos, incluso al de Formula Uno para principiantes y el de DJ de música Folk. 
Y, finalmente, estaba Laura. Laura había sido todo un enigma desde el principio. No sólo yo me sentía atraído por su encanto, era algo que podía notar cuando hablaba. Su manera de entender la cocina tenía algo que, sencillamente, resultaba fascinante.
Recuerdo la primera de sus intervenciones con absoluta nitidez. Estábamos ‘creando’ unos postres de frutas cuando lancé la pregunta:
—¿Qué significa para vosotros el arte culinario?
El silencio se había apoderado de la cocina y los ojos se habían clavado con aparente concentración en las manzanas.
—¡Vamos! ¿Qué sentís cuando estáis cocinando? —insistí.
—Es como pintar sobre un lienzo en blanco —sonó entonces la voz de Laura. Todos nos volvimos hacia ella, esperando una explicación a tan bella comparación.
—No deja de ser arte —continuó por fin—. Cuando miro un cuadro de pintura también miro la imaginación y la pasión que el pintor ha puesto en él. Despierta en mí diferentes sentimientos: curiosidad, alegría, tristeza, un recuerdo, un sueño… Lo mismo quiero sentir cuando preparo la comida. Quiero que la persona que se vaya a comer mi obra, incluso si voy a ser yo misma, experimente esas emociones, que haga suyo el cariño que he puesto en la elaboración del plato.
>>Es cierto que pocas veces no tenemos el tiempo para pararnos a pensar en lo que queremos cocinar. Pero yo, al menos una vez a la semana, me dedico a crear una obra. ¿Y queréis saber cómo lo hago?
—¿Cómo? —exhalamos al unísono.
—Me gusta fijarme en revistas de arte y visitar algún museo. Me fijo en una pintura. A veces no ocurre nada. Entonces sigo hasta la siguiente. Dejo que actúe sobre mí, que me inspire. Guardo todas esas emociones, sean las que sean, y luego vuelvo a casa y cocino la obra.
—¿Cómo lo haces? —pregunté fascinado. 
—Cojamos como ejemplo una pintura de Marc Chagall: La Mariée. Aquella en la que una cabra toca el violín. ¿La conocéis todos? Predomina el color azul y una novia se mece al son de la melodía que toca la cabra. Estoy segura de que cada uno de vosotros experimentaría algo diferente al ver esa pintura.
>>A mi me llenó de tranquilidad y una ternura inmediata. Fue como estar ante un dulce sueño. Entonces me vinieron a la mente: Camembert y arándanos. Os lo explico —dijo al ver que estábamos prestando la máxima atención—. El Camembert es un queso francés y Chagall pasó tiempo viviendo en París. Además, me parece un queso muy sensual y tierno. Tierno como la cabra que toca el violín. Los arándanos imitan el color azul, que me llenó de tranquilidad. Así, la obra que realice a partir del cuadro de Chagall fue: Camebert al horno con salsa de arándanos. No tiene que ser perfecto. El vestido de la novia es rojo y los arándanos son más bien morados una vez cocidos, pero eso es lo de menos. Lo que importa son las sensaciones que se despiertan en ti.
Sí, recuerdo ese momento. Recuerdo como todos nos quedamos con la boca abierta, esperando probar un trocito de esa obra, como ella lo llamaba. Entonces Darío rompió el hechizo con su comentario:
—¿Y no se te ocurrió asar un cabrito?
La idea de Laura me gustó tanto, que propuse que cada uno preparara un plato inspirado en una pintura. El resultado fue de lo más variado, pero todos se habían tomado ‘la inspiración’ muy en serio. Herminia trajo una cartulina con un dibujo de su nieto, y acabó cocinando unos espaguetis con Lacasitos. También cabe destacar el invento de Rafael. Dijo que ante una pintura gótica y lúgubre había experimentado tanto terror, que lo único que le había inspirado era dejar que la comida se quemara.
Sí, recuerdo aquel instante en el que las palabras de Laura me conquistaron. A partir de ese momento quise saber más acerca de su curiosa manera de entender la cocina… y la vida. Aprovechaba los momentos que no tenía que hacer guardia al lado de Rafael para acercarme a ella y establecer una conversación. Noté enseguida que tenía muchas más cosas que contar, cosas que yo deseaba descubrir. También advertí que mi presencia le agradaba, aunque no parecía estar dispuesta a ponérmelo tan fácil.
El cursillo se acercaba a su fin, así que debía ponerme las pilas si quería llegar a algo con Laura. Un día, mientras preparábamos unas hamburguesas de tofu, la invité a salir. Ella, con esa sonrisa pícara que la caracterizaba, me confesó que sometía a los hombres a una especie de prueba antes de aceptar una invitación.
—¿Qué prueba es esa? —pregunté sorprendido.
—Cocinar algo para mí que me impresione de verdad. Algo que yo te inspire.
Debo admitir que me desconcertaron sus condiciones pero asentí ante el desafío. Me dio de plazo hasta el final del cursillo, por lo que, resumiendo, me quedaban cinco intentos. Acordamos que le mostraría mi creación después de la clase. Esperaba sinceramente no agotar mis intentos y que fallara a mi favor a la primera. Aunque estuviera claro que solo se trataba de un juego, muy en la línea de la creatividad de Laura, quería demostrarle que me tomaba en serio el reto. Quería que tuviera muy claro lo que ella me inspiraba. 
Me desviví por encontrar algo diferente, especial. Me pasé horas esperando a que la divina inspiración se apiadara de mí. Repasé todos mis libros de recetas, busqué las últimas tendencias y miré tutoriales de manjares imposibles de repetir. Me esmeré, pero ninguna receta reflejaba las emociones que había dentro de mí, solo el estrés por tener que ganar el reto. Y así, una vez tras otra, Laura me dio calabazas.
Tal vez todo sea cuestión de dejarnos llevar, de no forzar, de dejar que todo fluya. Suele ser entonces cuando la inspiración parece sentirse más a gusto. Así, buscando dentro de mí, en silencio, sentí lo que me emocionaba: Laura.
—¡Eso es! —exclamé.
Me puse manos a la obra, aunque necesitaría mucha ayuda para todo el trabajo que quedaba por delante. Reuní a todo mi ‘equipo’, excepto a Laura, y les pedí que me ayudaran con esa tarea. No hizo falta que les explicara el motivo de tan secreta reunión, pues hacía tiempo que se habían dado cuenta del juego entre Laura y yo.
—Bien —comencé—, este es mi plan. —Desenrollé una cartulina grande y la estiré a lo largo de una mesa. Desde ella la fotocopia del rostro de Laura nos dedicaba una sonrisa—. Vamos a usar la imagen de Laura como fondo de un enorme pastel. Cuando ella venga tendrá que reconocerse. ¿De acuerdo?
No iba a ser fácil, pero era mi única esperanza. Pronto la cocina se llenó de vida, y cada uno de nosotros siguió un minucioso plan para conseguir el deseado resultado. El rostro de Laura debía convertirse en una combinación de varios postres. Se compondría de una mezcla de sabores a base de distintas mousse, macarons, chocolate y demás detalles dulces.
Dejé la elaboración de los macarons en manos de mis tres ayudantes más expertos, mientras Herminia y yo preparamos los rellenos. Incluso Darío estaba concentrado en exprimir y rascar la piel de los limones y las naranjas, pues no había sugerido incorporar muslitos de pollo al rostro de Laura. A Paula le dejé la emocionante tarea de fundir chocolate. Más de una vez la sorprendí lamiendo la cuchara de palo mientras ponía los ojos en blanco. Me costó convencer a Betty y a Lorena de que no se pasaran con las especias ni con la esencia de ron, pero finalmente conseguimos ese misterioso toque especial. Josefina se convirtió en la enfermera ambulante. Se encargó de lavar los utensilios y de abastecernos con el material necesario.
—¡Bisturí! Digo… ¡mantequilla!
Rafael, por su parte, estaba tan emocionado con el proyecto que me pidió batir las claras a punto de nieve para la mousse. Accedí, pero a cambio tenía tajantemente prohibido acercarse al pastel.
Nos pasamos toda la tarde en acción. Lo más divertido fue rellenar el ‘patrón’ con todas las mezclas que habíamos creado. Cuando por fin acabamos nuestra obra de arte, nos colocamos a su alrededor con una taza de té entre las manos, y contemplamos el resultado. Sonreímos en silencio. Había que echarle imaginación, pero sí, Laura nos devolvía la sonrisa desde la mesa. 
Su cabello era chocolate con leche fundido mezclado con unas virutas de chocolate negro para dar volumen a unas ondas rebeldes. El rostro se componía de mousse de naranja y el cuello y los dientes, de mousse de limón. Los labios, como no podía ser de otra manera, se formaban gracias a la mousse de fresas. Una pera, perfilada a la perfección y cubierta de azúcar glasé, ocupó el lugar de la nariz. Las cejas se perfilaron gracias a fideos de chocolate. Los coloridos macarons los utilizamos a modo de camiseta. Fue un gran reto resistirse a tremendos bocados.
Lo más laborioso, sin duda, fueron los ojos. Echamos mano de unas almendras y, a modo de pupilas, plantamos en el centro unas gotas de chocolate fundido (como hombre precavido que soy, había escondido una manga pastelera con chocolate de las garras de Paula). La difícil tarea de captar el color de los ojos de Laura la solventamos espolvoreando unos pistachos troceados en el centro de las pupilas.
Todos estaban convencidos de que a Laura le iba a encantar el resultado. Yo tenía el corazón en un puño y les prometí avisar en cuanto ella se pronunciara. Advertí sin embargo, que en lugar de marcharse se habían apelotonado detrás de una de las puertas. Me hice el despistado, después de todo formaban parte de esa aventura.
Cuando Laura llegó por fin y vio el pastel, se quedó un buen rato observándolo con una sonrisa soñolienta. Mi impaciencia aumentaba, pues no supe interpretar su místico silencio. Estudié los gestos de sus facciones, su suma concentración al ladear la cabeza, y comprendí que estaba observando el pastel como lo haría con un cuadro de pintura. Luego me miró a mí.
—¡Es fantástico! —anunció tan de repente que me asusté—. ¡Realmente fantástico!
Sus ojos, en verdad de color chocolate con una pincelada de verde, brillaron emocionados. Suspiré aliviado.
—¿Eso es un “prueba aprobada”? —pregunté esperanzado.
Ella se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y me hizo probar sus labios de mousse de fresa. En ese instante oímos aplausos, silbidos y demás júbilos que se unieron a nuestra alegría.
—He de confesaros una cosa —dijo Laura, una vez habíamos cometido el sacrilegio de comernos su retrato—. Le habría dado una oportunidad después del primer intento, pero me sorprendió tanto que sentí curiosidad por cómo pretendía superarse a sí mismo.
—¡Qué cruel! —comentó Darío mientras se sirvió el ojo derecho con gran apetito.
¡Sí, aquel fue un gran otoño!
En cuanto a la cocina: la nuestra se convierte a menudo en un museo de oleos, tizas y acuarelas. Sólo hace falta ponerle emoción y amor. Como dijo el gran Chagall: “Si creo desde el corazón, casi todo funciona, si lo hago desde la cabeza, casi nada”.
Punto y aparte
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