
En la soledad de nuestro reencuentro he podido desvelarte lo que tal vez nunca supe decir, pero siempre has sabido:
Eres viento salado que aleja el gris pesar, lo barres con la suave brisa de tu aliento.
El vaivén de tempestad y calma que vistes, aviva emociones escondidas en los rincones del desván.
Están mis lágrimas salpicadas con tu halo de luz turquesa. No existe en mí lugar que tu belleza salvaje no pueda embrujar.
Es en ti en quien deposito cada alegría. Mis pies descalzos dibujan tus renglones mientras me susurras secretos de eternidad. Te llevas el tiempo donde no me puede alcanzar.
¿Quién necesita oro ni plata si tú los llevas sobre la piel? Anhelos mortales quedan tan lejos, tan relegados, porque todo lo que soy está junto a ti.


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