
Hace muchos años vivía en una país tan lejano que nadie recuerda su nombre un joven normal y corriente. Le gustaba pasear por los campos simplemente para disfrutar de la naturaleza y soñar con la joven de la que estaba enamorado. Cada día se preguntaba cómo acercarse a ella para confesarle su amor, pero era demasiado tímido y cuando se cruzaba con ella se limitaba a esbozar una silenciosa sonrisa.
Pasaba el tiempo y el joven temía que ella fuera a enamorarse de otro, que marchara de esa pequeña aldea y no volviera a verla jamás. Una tarde escuchó una conversación entre dos mujeres que se habían parado en el camino. De este modo se enteró de que su amada estaba absolutamente cautivada por un dulce que su padre le había traído de un viaje a Francia. Tenía un nombre extraño: Macaron.
No sabía qué clase de dulce era aquel ni tan siquiera qué aspecto tenía, pero estaba dispuesto a caminar largos días para llegar a Francia y traérselo.
Cuando le expuso su intención al tabernero para el que trabajaba este se rió de él:
—¿Días dices? Más bien calcula meses, y ahora que viene el invierno no creo ni que llegues a la frontera de este país.
No podía malgastar meses. ¿Qué ocurriría si el padre de la joven decidiera llevarla a Francia y no regresara jamás? Desesperado buscó al panadero de la aldea para ver si este podía hacer las delicias de su amada. Pero el panadero solo pudo compadecerse de él:
—Yo no sé nada de esos dulces, lo mío son las hogazas de pan.
Desanimado se sentó debajo de un roble, esforzándose por encontrar una solución. Finalmente, decidió hacer un último intento. Si eso no funcionaba, no tendría más remedio que arriesgarse y marchar a Francia.
—Nada te asegura que consiguiendo ese dulce ella acepte tu querer—. La anciana lo miró con intriga.
—No pretendo comprar su amor ni ella se dejaría comprar. Tan solo busco una manera de expresar lo que siento por ella. ¿Podéis ayudarme?
—Tu respuesta me complace —dijo la anciana y apartó las hierbas de enamorar, pues vio que el joven no las necesitaba—. Tengo un pariente lejano que acostumbra a traerme libros de sus viajes. Tal vez este te pueda ayudar.
El joven volvió a casa con el libro cuya letra no entendía. Pero hojeando las quebradizas hojas vio la imagen de un dulce que le hizo latir el corazón. Comprendió entonces que solo podía tratarse de un Macaron. Sin embargo, su inicial entusiasmo pronto se tornó en desesperación. Su regalo para su amada solo podía ser una hoja amarillenta, arrancada de un viejo libro. Pero durante un sueño visualizó por fin la manera de demostrarle su amor.
Cuando la joven se dispuso a ir al mercado, se encontró en el escalón delante de su puerta un dibujo. Sus labios formaron una sonrisa feliz, pues esos Macarons parecían tan reales que casi podía probarlos. En el mercado pasó por ese joven que le sonreía con silenciosa timidez y comprendió.
Cuando el joven regresó de su trabajo en la taberna, se encontró con un dibujo en el escalón delante de su puerta. Se maravilló al reconocer su propia cara mirándolo con una sonrisa llena de amor y comprendió.
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